Viernes 10 de Agosto de 2012  |  Actualidad Internacional  |  Fuente: Virginia Berasategui

This is Euskadi!, por Virginia Berasategui

Virginia Berasategui con Maider Gaztañaga, tras acabar la prueba de Vitoria/Fetri

Ya han pasado unos días desde el Mundial, pero la emoción, el subidón de ver tanta gente en Vitoria, aún no ha pasado…

Lo cierto es que hasta ahora no he tenido un momento para parar, coger boli (yo las crónicas las escribo primero en papel…) y pensar en este último domingo tan especial para mí. Y es que esta es una de esas crónicas difíciles de resumir y expresar en palabras… ¡yo  que soy tan emocional!

El camino recorrido para llegar a esta prueba también ha sido especial. Terminado el Bilbao Triathlon, era tiempo de parar a pensar (pero no mucho), para valorar qué hacer, cómo afrontar los dos meses hasta el Mundial de Vitoria y si daría tiempo a recuperar mis rodillas. Sabía que debía tomar decisiones complicadas y prepararme para unos días duros.

En mi calendario había un 70.3 necesario para coger puntos para ir a Hawaii, pero si iba mis rodillas no aguantarían hasta la fecha. Así que tomé la medida más dura de esta temporada, pero dispuesta a afrontarla con todas sus consecuencias. Por ello, un poco de descanso y plasma para recuperar mis rodillas, y después hacer todo lo posible por llegar lo mejor posible a Vitoria.

No voy a negar que durante este tiempo lo he pasado mal y he tenido miles de dudas, pero entonces decidí que no pensaría tanto en el día D, y sí en disfrutar del día a día… y creo que lo conseguí.

Por fin mi pie me respetaba y poco a poco notaba que recuperaba “mi juego de tobillo”. En la bici entre los Pirineos y la buena compañía que he tenido (Mikel Garate, Mikel Calahorra, Alberto Peña, Ciro, Eneko, etc.) los entrenamientos pasaban, y en la natación estaba como pez en el agua.

Y llega la semana del campeonato, y las sensaciones y emoción de correr un Mundial en casa hacen que no pueda quitar la sonrisa de la cara, aun sabiendo las rivales que me esperan. No me importa, quiero disfrutar de ese momento más allá del resultado. Llega el día y la hora señalada y sigo con la sonrisa: Tan sólo cuando me nombran momentos antes de salir a nadar, lágrimas de emoción asoman en mis ojos; y es que todos los que quiero están allí, la gente me anima, grita, estoy en casa, es un Mundial, es un sueño… y me emociono…

8:33 a.m. pistoletazo. Primeras brazadas y estoy en ese primer grupito… y entonces un matorral en el agua que no esperaba rompe mi ritmo y pierdo los pies, toda referencia,  y empieza mi calvario en el agua. Totalmente fuera de compás y orientación salgo y me dan las referencias. ¡Qué golpe psicológico más duro!

Se suele decir que un triatlón no se gana en la natación, pero sí que se puede perder. Y yo creo que en Landa perdí mi posibilidad de luchar por las medallas. No es fácil asimilar que has perdido tantos minutos. Saber que voy a tener que afrontar la bici sola, sin referencias, pero no tiro la toalla, vuelvo a mi carrera a mis sensaciones y empiezo a dar pedales.

El pulso no va mal y tampoco los vatios, pero las impresiones no son buenas. No encuentro la cadencia y la postura y además sigo sin tener nadie a la vista y eso vuelve a ser otro golpe psicológico; yo, supuestamente tan fuerte en la bici…

Pero sigo sin rendirme, con ganas de llegar al centro de Vitoria a la segunda transición y salir a por todas en la carrera a pie. Cambio rápido, y sin saber puesto ni diferencias, salgo como si fuese a correr un 10.000. Y entonces paso por primera vez por contrameta y siento que me lleno de energía y fuerza, no hay dolor ni cansancio en mis piernas y mis pies se calzan un par de alas.

Allí está la ciudad volcada, toda mi familia y amigos en la grada. Mi padre en la organización, mi entrenador Ciro y mi novio Andrés, moviéndose de un lado a otro del circuito para darme referencias y aliento. Y así cuatro vueltas y cada vez que pasaba por la meta, ¡gritos, emoción, carne de gallina, sonrisas y lágrimas!

Superaba todas mis expectativas. Hubiese estado dando vueltas todo el día, ya que creo que pocas cosas son tan gratificantes para un deportista como sentir el aliento de toda la afición. Y así disfrutaba de una de mis mejores carreras a pie (mejor parcial con poco más de 2 horas). Volvía a recuperar mi zancada, y después de más de dos años corriendo lesionada, no os imagináis lo que significa para mí. Y de ese sexto puesto de la natación y bici, remonto al cuarto, pasando a una espectacular Maider Gaztañaga, que realizaba su primer mundial y que, por cierto, ¡vaya estreno!

Llega el último paso por la contrameta y sigo mandando besos a mi familia, chocando manos, aplaudiendo a ese fantástico público y ya en la última recta, me espera mi ama y hermana a las que abrazo y entro en meta como si hubiese ganado.

Para mí la sensación era la misma, porque lo vivido superaba a cualquier medalla. Y al cruzar la meta las emociones siguen. Mi padre me entrega la medalla de “finisher” y nos abrazamos sin necesidad de decirnos nada el uno al otro, y Andrés esperándome para fundirse conmigo en otro abrazo. Y como no, Lexi, mi familia de Canadá, Karen y Murray que habían venido hasta Vitoria, para, como en Hawaii, poder repetir ese choque de manos.

Y seguiría hablando de emociones y sentimientos pero me guardo algunos para mí. Solo puedo acabar dando las gracias una y otra vez a mi familia, amigos, novio, entrenador, afición… todos los que hicistéis que me olvidase de la pena de no conseguir esa medalla, de vivir un sueño viendo dónde ha llegado el triatlón, ¡y de que esta sea una carrera que no olvide nunca!

3 VIR.

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